Participación Invidente

Por José Gracia y Calvo

Lo sencillo, acerca. Lo complejo, aleja. Lo sencillo, es masivo, lo complejo, selectivo.

La participación debería ser sencilla, invidente.

La vista seguramente es el órgano sensorial más complejo del ser humano. Seguramente por ello el que nos aporta más información (útil e inútil) del contexto para la toma de decisiones, para la forja de opiniones. Nos gusta echar un vistazo, necesitamos tener una visual, echar una mirada global a las cosas… No he oído todavía decir algo así como: voy a echar un orejazo, querría tener un gusto global de las cosas, necesito palpar este dato… Salvo en situaciones muy específicas, raras y concretas.

La visión, la capacidad de ver en el ser humano (vidente) es portentosa, pero necesariamente exige un esfuerzo dirigido y orientado a obtener resultados. Es el coste de usar este sentido para obtener información. Mil veces pasan las cosas delante de nuestros ojos y no las vemos, neuro-fisiológicamente hablando (y por tanto sociológicamente también).

Sin embargo, el olor que emana una bodega en cualquier calle andaluza es indiscriminado, gratuito, inevitable, no nos cuesta apenas energía percibirlo, y no nos cuesta apenas energía ni esfuerzo procesarlo como una experiencia agradable, supongo, para la mayor parte de las personas.

Si me apuran, el sentido del olfato, el del oído, el del tacto… son los más democráticos. No hacen distingos y cualquier persona (oyente) se vale de ellos al menor coste energético para obtener información del entorno. Incluso las invidentes. Y sin la necesidad de orientarlos hacia la fuente de información. La información sencillamente fluye. Nos llega.

La participación debería pues ser así de sencilla, debería llegarnos aún sin pedirla. La posibilidad de participar. Asociada a la posibilidad de discriminar cuándo queremos y cuándo no participar. Tomando ahí pues la primera decisión libre, voluntaria y autónoma. La máxima democracia que nuestros sentidos sociales pudieran ofrecernos. Nuestras culturas, nuestros mecanismos, nuestras herramientas… Y simples, sencillas, con el menor coste energético posible: socialmente hablando, físicamente hablando, económicamente hablando.

Todas (las personas videntes) podemos recoger en nuestras retinas cuanto pasa a nuestro alrededor, pero para ver hay que mirar, hay que dirigir la mirada, hay que enfocar, centrar la mirada y conectarla decididamente, en un complejo proceso neurofisiológico, con el sistema nervioso. No podemos evitar oler una flor a nuestro paso. No podemos dejar de sentir calor o frío, o el viento en nuestra cara. No podemos evitar oír una moto por la calle (a no ser que en todos estos casos tomemos medidas concretas y contundentes para anular tales sentidos, cosa que no parece muy lógica toda vez que en la evolución hemos llegado a desarrollarlos y nos son realmente útiles, más allá de la necesaria protección básica).

Cuando oímos a alguien, si queremos procesar mejor la información, debemos mirarle claramente (también veo en esto una cuestión de respeto). He ahí el valor de la visión, aportando una información contextual muy valiosa, pero, en realidad, para oír no hace falta mirar con los ojos abiertos, sino simplemente prestar atención. Podríamos hacerlo simplemente cerrando los ojos, concentrándonos y asimilando la información que nos ofrece la entonación, los elementos emocionales del discurso, el vocabulario empleado, el tono, el volumen, la cadencia, el ritmo… la sucesión de intervenciones, el tono general de la comunidad que dialoga, los tiempos de uso de la palabra, los silencios… Muchísima información que queda en parte anulada cuando miramos con los ojos.

No renuncio a la visión, ni renuncio a la participación vidente. Reclamo un modelo social en el que la participación se nutra más, por mayor democratización de la comunidad, de los sentidos más sencillos e indiscriminatorios: una participación auditiva, olfativa, táctil y hasta gustosa (sugiero además que al participar nos permitamos olernos, oírnos, tocarnos (¿sentirnos?) y hasta gustarnos). Igual que cerramos los ojos para darnos un beso. O al abrazarnos sinceramente. He ahí una participación real, voluntaria, libre e informada. Y alimenticia.

Y para profundizar, para tomar decisiones definitivamente, para cierta objetividad y aumentar en pluralidad, para los casos concretos en función de las necesidades y los intereses, para los pequeños grupos de interés, para los procesos selectivos (¿elites?)… y siempre que se demande y se considere necesario, recurramos a mecanismos videntes, dirigidos (diseñados específica y metodológicamente, tecnológicamente incluso…), y altamente caros en términos energéticos, económicos, temporales… ¿Sostenibles?

La sencillez contribuye a la felicidad masiva, generando espacios de encuentro.
La complejidad, genera frustración masiva, generando microespacios excluyentes.

Y vivimos en un mundo cada vez más tecnológico, cada vez más individualista, cada vez más alejado de los sentidos (salvo de la vista, pero incluso de la vista) y del espíritu (imprescincible para coordinar todos los sentidos y tomar decisiones), cada vez más rápido, más exigente tecnológicamente, culturalmente, científicamente, más radicalizante y bipolarizante (selección antinatural), menos bio-diverso, simplemente menos diverso… ¿Más democrático? Menos autónomo, menos libre, menos participativo…

Auguro grandes dificultades para la extensión invidente de la información y la participación. Pero vivo día a día experiencias de participación invidente plenamente satisfactorias y poderosas para la transformación social.

José Gracia y Calvo. Alisios.

(Publicado originalmente en Pensa(no)miento)

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