Cuatro cambios de las organizaciones solidarias en el cambio de era

Por Fernando de la Riva

Parece cada día más evidente y aceptado que nos encontramos en medio de un cambio de era.

Sí, los cambios vertiginosos que se suceden a nuestro alrededor no solo son producto de la aceleración de “revoluciones” en los procesos sociales sino que  también son extraordinariamente profundos, afectan a todos los órdenes de la vida personal y colectiva -al conocimiento, a las relaciones, a la convivencia, a los valores, al comportamiento, a la cultura, al trabajo, a la familia, a la educación, al medioambiente, a los varones, a las mujeres…- a todos, a todas y en todo, como si del anuncio de un refresco global se tratara.

El mundo resultante de este “cambio civilizatorio”, como también se le ha llamado, va a tener poco que ver con el que conocieron las generaciones anteriores, pero -además- las viejas soluciones ya no servirán para responder a los nuevos retos y desafíos. Y eso significa que, necesariamente, vamos a tener que re-crear todas las formas de producción, consumo, organización social, gobierno… Y, por supuesto, inevitablemente, también vamos a tener que recrear las organizaciones solidarias.

Es más, todos esos procesos de cambio social, y también los cambios en las organizaciones de iniciativa social, están en marcha, ya se están produciendo, aunque a veces nos resulte difícil percibirlos.

No sabemos con certeza casi nada, tampoco cómo serán las nuevas organizaciones solidarias del futuro (aunque algunos hayamos emborronado muchas páginas a cuenta de ello).  Podemos decir que nuestra situación es como la del nadador que quiere cruzar el río y se tira al agua, abandonando la orilla conocida, y bracea en mitad de la corriente, resistiéndose a la fuerza que lo arrastra, sin poder volver atrás, lleno de incertidumbre, sin saber cuanto falta por llegar al otro lado ni qué le espera en la otra orilla.

Pero, observando lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, tal vez podamos vislumbrar algunas tendencias, algunos cambios previsibles que probablemente se van a producir -o se están produciendo ya- en las organizaciones solidarias:

De las organizaciones sólidas a las líquidas

El primero de los cambios es el paso de organizaciones “sólidas”, en las que el esfuerzo organizativo se concentra en la estructura, lo físico, lo tangible,  lo permanente en el tiempo… hacia organizaciones “líquidas”-recordando a Zygmunt Bauman-en las que tiene más valor lo intangible, lo virtual, lo temporal. Organizaciones que convierten el cambio permanente en aliado fundamental de la construcción organizativa.

Estamos asistiendo al adelgazamiento de las organizaciones solidarias que se liberan progresivamente del lastre de estructuras innecesarias, accesorias, para concentrarse en la esencia de su misión.

Las organizaciones están evolucionando de la rigidez a la flexibilidad. No importa tanto el crecimiento permanente -en número de miembros, en presencia geográfica, en tamaño de la estructura…- sino, por el contrario, la agilidad y la capacidad de adaptación a los cambios que se producen en el entorno. Así, frente a los organigramas rígidos y complejos, surgen arquitecturas organizativas efímeras, cambiantes, polivalentes, en permanente adecuación a las necesidades de la tarea.

En la misma medida, tiende a difuminarse la jerarquización y la verticalidad organizativa, para crecer la horizontalidad y la cooperación como valores organizativos fundamentales. Son los equipos los que lideran las organizaciones y no las personas individuales, por brillantes que éstas puedan ser.

Deja de ser una prioridad la pervivencia de la institución, su continuidad en el tiempo, para revalorizarse su funcionalidad, su fluidez, la capacidad de dar respuesta -aquí y ahora- a los problemas y necesidades que justifican su misión social, para desaparecer después, si ya no fuera necesaria o útil, o “mutar” en una nueva forma organizativa para responder a necesidades nuevas.   

Y, de la misma forma, vemos una evolución del culto a la  propia identidad institucional, del celo por el protagonismo y el temor a la contaminación, hacia la construcción de identidades compartidas. Organizaciones “multidentitarias” capaces de formar parte al mismo tiempo de diferentes redes, en/con las que llevar a cabo su misión organizativa, aportando su esfuerzo a los procesos comunes.

De las rentas del pasado a la innovación permanente

Otro cambio al que estamos asistiendo en las organizaciones es el paso de la percepción del cambio como amenaza al cambio como oportunidad.

Durante mucho tiempo hemos sido fieles a aquél refrán inmovilista que predicaba: “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Nuestros ancestros podían imaginar, con bastante certeza, cómo iba a desarrollarse el ciclo de sus vidas. Lo mismo ocurría con las organizaciones sociales en una sociedad que cambiaba con relativa lentitud.

Pero hoy está transformándose el escenario, el paisaje. Nos movemos por territorios desconocidos y cambiantes de los que no existen mapas, que vamos descubriendo conforme avanzamos. Hoy sabemos que no existe la posibilidad de refugiarse en lo conocido. Solo podemos confiar en nuestra creatividad, o sea, en nuestra capacidad de encontrar nuevas respuestas imaginativas a los nuevos problemas que van surgiendo en el camino.

En el pasado, las organizaciones se prestigiaban por su tradición, su trayectoria, su experiencia… pero, en el momento presente y cada vez más en el futuro, la experiencia no es ya -solo ni fundamentalmente- un patrimonio a acumular y conservar, sino sobre todo un recurso para aprender, un punto de apoyo, un instrumento para avanzar.

En los procesos organizativos está creciendo de valor, de manera exponencial, la creatividad y la inteligencia colectiva, la construcción y gestión colectiva del conocimiento. Ya no es tan importante la capacidad de producir conocimiento, para acumularlo y preservarlo celosamente frente a otros, porque el conocimiento está distribuido, repartido por todo el mundo. Es mucho más valiosa la capacidad de compartir e intercambiar conocimientos, porque cuanto más compartes más tienes. Y todavía es más importante la capacidad de gestionar ese inmenso conocimiento, de interpretarlo, combinarlo, convertirlo en respuestas eficaces y eficientes a los problemas del presente.

Así pues, las organizaciones sociales ingresamos -como la propia sociedad- en la Era de la Innovación. Ya no más viviremos de las rentas y el prestigio del pasado, sino que transitaremos territorios nuevos con nuevas miradas y actitudes, reconstruyendo continuamente nuestras formas de actuación.

Las organizaciones sociales no abandonaremos la reivindicación y la protesta, porque ello forma parte de nuestro ADN, de nuestra misión esencial que consiste en ser motores de la transformación social, en estimular y acelerar avances en los valores y las actitudes sociales, en  los derechos y las políticas, en las respuestas a los problemas colectivos.  Pero, aunque cambiarán también las formas de protesta y denuncia, además fortaleceremos nuestra capacidad de propuesta, de señalar y proponer soluciones a los problemas y necesidades sociales. Y, más allá de la protesta y la propuesta, funcionará a tope nuestra capacidad de respuesta, o sea, de poner en pie soluciones prácticas, de construir alternativas concretas a las necesidades -productivas, de consumo, habitacionales, de salud, convivenciales…- que se le plantean y se le plantearán a nuestra sociedad.

Y ello será posible porque la participación cooperativa será un elemento esencial de nuestro potencial innovador: podremos buscar y llevar a cabo soluciones eficaces porque seremos especialistas en poner a funcionar la inteligencia colectiva y la capacidad de cooperar entre las personas.

De la dependencia a la auto-sostenibilidad 

Las organizaciones solidarias, al menos en nuestro país, vienen de una etapa de dependencia financiera de la Administración pública. Y decimos “vienen”, porque la crisis económica, los recortes presupuestarios y el desmantelamiento del estado de bienestar han acabado prácticamente con las subvenciones y convenios que permitían a las organizaciones el sostenimiento de sus actividades y servicios y de la propia estructura organizativa.

Ya hemos comentado en alguna ocasión como esta situación presentaba aspectos positivos evidentes, al hacer partícipes a las organizaciones solidarias de los recursos públicos para poder destinarlos a objetivos de interés social y comunitario, pero también planteaba claros inconvenientes. La opacidad y el clientelismo generalizado en la gestión de esos recursos públicos han favorecido la subordinación de las organizaciones a los intereses políticos, la pérdida de independencia y sentido crítico, y, en suma, el debilitamiento del propio tejido asociativo.

Esta debilidad ha hecho que el impacto de la crisis económica haya sido mucho mayor sobre un tercer sector social acomodado en la dependencia e incapaz de generar recursos propios para sostener sus proyectos y sus organizaciones.

Pero no queremos hablar aquí del pasado sino señalar las tendencias de cambio que se pueden apreciar también en cuanto al sostenimiento de las organizaciones. Mucho tienen que ver con lo que ya venimos apuntando en este texto: el “adelgazamiento” de las organizaciones, que se liberan de lastres estructurales, la apuesta por la cooperación y la suma de esfuerzos, también en cuanto al aprovechamiento de los recursos existentes, etc.

Así mismo, asistimos a una diversificación de las fuentes de sostenimiento de las organizaciones, que recurren a la generación de recursos propios (mediante actividades específicas, prestación de servicios, producción de bienes, etc.), a la búsqueda de financiación privada (acudiendo a la responsabilidad social de las empresas), y a la captación de financiación social, mediante formulas originales e innovadoras como la microfinanciación colectiva (crowfunding) que no solo se está mostrando como una forma eficaz de obtener recursos para proyectos interesantes, sino que sirve al mismo tiempo para la difusión de las causas que están tras los proyectos, para reforzar la base de apoyo social que muchas organizaciones habían perdido, para implicar y hacer participar a nuevas personas en el mantenimiento de las organizaciones, etc.

Pero queremos subrayar una tendencia que parece cada día más fuerte y es la conexión de las organizaciones solidarias con proyectos productivos generadores de recursos. Cada vez son más las organizaciones que participan en la creación de empresas de economía social que sirven no solo a la inclusión social de ciertas personas y grupos sociales, sino que permiten obtener beneficios que se destinan a la intervención social: empresas de servicios, de reciclaje y comercialización de productos de segunda mano, gestión de huertos ecológicos y manipulación de alimentos para circuitos comerciales alternativos, establecimientos de ocio y turismo alternativo, etc.

El campo de expansión de estas nuevas empresas sociales, del llamado “cuarto sector”, es amplísimo y veremos sin duda como las organizaciones solidarias se aventuran en nuevos campos y actividades económicas aprovechando la emergencia de nuevos mercados alternativos.

Es el comienzo de un camino hacia una auto-sostenibilidad progresiva de las organizaciones solidarias que las hará más y más independientes.

De Juan Palomo a la cooperación y el trabajo en red

Todas las tendencias de cambio que venimos comentando se explican y refuerzan en una corriente transversal que, desde nuestro punto de vista, tiene una importancia clave: la eclosión de la cultura de la cooperación mutua en las organizaciones solidarias.

Frente al individualismo, el aislamiento y la competencia mutua (el “juanpalomismo”: yo me lo guiso y yo me lo como) que predominaban hasta hace bien poco en las relaciones entre organizaciones, estamos asistiendo a una acelerada toma de conciencia y un cambio fundamental en la cultura organizativa de las entidades de iniciativa social: cada vez está más claro que el futuro se basa en la cooperación y el trabajo en red. La CO-revolución: co-crear, co-laborar, co-municar, co-nocer, co-mpartir, co-operar, co-responsabilizar

Este cambio profundo es, al mismo tiempo, el resultado de una necesidad y una oportunidad. Se trata, por un lado, de responder a las necesidades de las organizaciones (de eficacia social, de fortalecimiento participativo, de sostenimiento, de comunicación con el entorno…) en un contexto de crisis que obliga a superar la dinámica de aislamiento en que venían desenvolviéndose. Y, por otro lado, se trata de aprovechar las herramientas y las extraordinarias potencialidades para la cooperación que aportan las Tecnologías de la Información y la Comunicación. 

El mundo futuro será un mundo cooperativo o no será. Como ya hemos señalado, la fortaleza principal no estará en la capacidad de acumular conocimientos, que cada vez serán más accesibles, en mayor cantidad y para más personas, sino en la de compartirlos, en la inteligencia colectiva y cooperativa que permita interpretarlos, darles sentido y convertirlos en recursos útiles.

Los proyectos y experiencias de inteligencia colectiva o de “colaboración abierta distribuida” (crowdsourcing) que se están llevando a cabo, algunos de ellos de alcance mundial, muestran cada día más y más posibilidades, sin que por el momento sea posible imaginar sus límites. 

Todo ello, que no ha hecho más que comenzar, augura nuevas y más profundas transformaciones en las organizaciones solidarias, nuevos aprendizajes, nuevos intercambios y mestizajes que, tal y como apuntábamos, no solo transformarán el rostro del mundo sino también el de las propias organizaciones.

Pero, volviendo al comienzo de este texto, en el momento presente seguimos braceando en mitad del río de los cambios, con más incertidumbres que certezas, con la amenaza continua del desaliento y tentaciones de dejarnos arrastrar allá donde quiera llevarnos la corriente… pero tal vez, así lo deseamos, estas notas que intentan vislumbrar algunos paisajes en la otra orilla nos ayuden a alimentar la esperanza y renovar nuestras fuerzas para seguir avanzando hacia un futuro mejor. Porque otro mundo es posible y nos corresponde construirlo colectivamente.

Fernando de la Riva
Equipo CRAC, Colectivo de Educación para la Participación

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Acerca de Fernando de la Riva

Nací en Madrid en la segunda mitad (por los pelos!) del siglo XX. Estudié Historia Moderna y Contemporánea, aunque toda mi vida profesional la he dedicado a la Animación Social y la Consultoría de Organizaciones. Llevo 19 años viviendo en Cádiz. http://www.memoriasdelfuturoimperfecto.blogspot.com
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11 respuestas a Cuatro cambios de las organizaciones solidarias en el cambio de era

  1. Oscar Jara dijo:

    Genial, querido Fernando.. inspirador y esclarecedor aplicable a varios contextos.
    Abrazos!
    Oscar Jara

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  4. Josune dijo:

    Comenzamos a despertar al interés por los bienes intangibles como la creatividad, la solidaridad, el conocimiento… No podremos continuar con el mismo ritmo de crecimiento material y tangible vigente ya que ni siquiera es posible. O es un mundo sostenible y cooperativo o no será. Qué artículo más chulo!

    • Hola Josune, gracias por tu comentario y por tus palabras. Comparto contigo la percepción del fin de la era del crecimiento y la revalorización de los intangibles. Creo que eso abre la puerta a una nueva era, a una nueva cultura. ¡Que así sea!

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