Desde el Borde del Colapso (Apuntes sobre las organizaciones necesarias)

Por  Fernando de la Riva 

Este texto nace -inicialmente como un “hilo” de tuits- de la necesidad de llamar la atención sobre la urgencia de organizarnos para responder al colapso que viene.
Precisamos nuevas formas de organización para poder construir colectivamente nuevas formas de vida en común. En ello nos va la supervivencia como especie.
A algunos, los más viejos del lugar, probablemente no nos lleguen a alcanzar las olas más violentas de este desafío histórico, pero hay pocas dudas de que las próximas generaciones -los niños y niñas de hoy- tendrán que hacer frente a la tempestad más brava.
No tengo las respuestas, no sé cómo han de ser esas organizaciones que necesitamos, porque creo que, en su mayor parte, las viejas soluciones organizativas no nos sirven para lo que está por venir (como dice Juan Manuel Aragüés, “no queremos lo que sabemos y no sabemos lo que queremos”).
Pero siento la urgencia de hacernos las preguntas y de contagiar a otras personas en la búsqueda de las respuestas. Este texto es, por ello, una provocación para la reflexión y el debate.

Vivimos tiempos difíciles. Tiempos de pandemia, desorden global y crisis profunda de la democracia, deterioro de los derechos humanos, desastres climáticos (huracanes, inundaciones, sequías, grandes nevadas…), una crisis económica mundial derivada de todo ello que condenan a la miseria o a la precariedad a millones de personas en todo el planeta… Tiempos turbulentos y oscuros que someten a toda la humanidad a la angustia y el desconcierto, a la más absoluta incertidumbre.

Y eso que la dificultad es distinta si se sufre desde el Primer Mundo y sus comodidades (obtenidas a costa de la esquilmación histórica de los países que fueron colonizados y empobrecidos), o si se padece desde esos países que continúan siendo expoliados en sus recursos y azotados por conflictos violentos (armados por intereses ajenos) a cuyos inmigrantes económicos o políticos nadie quiere en el Norte enriquecido.

A pesar de las desigualdades profundas que crecen en el interior mismo de los llamados “países desarrollados”, todavía los pobres del Cuarto Mundo siguen teniendo ventajas relativas respecto a los pobres del Tercer Mundo. Algunas migajas del Estado de Bienestar en descomposición siguen salpicando a los escalones más bajos de nuestras “sociedades avanzadas”.

Al comienzo de cada año nos aferramos a la sensación -falsa- de que se nos da una nueva oportunidad de hacerlo -esta vez si- un poco mejor. Y este 2021 nos encuentra además con fatiga colectiva acumulada por las muertes, los confinamientos y las limitaciones derivadas de la pandemia, con una necesidad desesperada de motivos para la esperanza.

Sin embargo, los graves problemas de ayer y las graves amenazas de mañana, son este año los mismos. Tras los vientos de la pandemia, cuando consigamos superarla, seguirán los huracanes del calentamiento global, en todas sus formas y consecuencias. De hecho, no se han detenido en todo este tiempo de confinamientos y cierres perimetrales.

A este momento se le ha llamado de muchas maneras: cambio civilizatorio, crisis sistémica, cambio de era, colapso social y climático… Cada día son más los científicos e investigadores sociales que asumen que el agotamiento del sistema es inevitable e irreversible, que ya ha empezado y que en los próximos 15 a 20 años se manifestará en toda su crudeza. 

Aunque de ello no hablan los medios masivos, ni los políticos, ni la mayoría de la ciudadanía que asistimos, indiferentes, al ocaso del modelo de vida que hemos conocido, especialmente en los últimos 50 o 60 años, y a la degradación del planeta.

Aparentemente, a juzgar por lo que proyectan los medios de masas, se diría que “cuando pase la pandemia” volveremos a alcanzar altos índices de desarrollo económico, se recuperarán los empleos perdidos, volverán los alegres tiempos del consumismo desaforado… Pero es mentira. Nada volverá a ser igual.

La indiferencia masiva es, tal vez, el mayor triunfo del sistema. Nos han hecho creer -quienes manejan los hilos económicos, políticos y mediáticos del mundo- que este es el mejor y el único modo de vida posible (producir lo máximo, consumir lo máximo, generar los máximos beneficios para unos pocos, aunque sea a costa de agotar los recursos y destrozar el planeta, al precio del empobrecimiento de muchos millones de personas). Nos han convencido de que no es posible ningún cambio que no sea meramente cosmético y, como ya no cabe esconder las consecuencias dramáticas de este modelo perverso, solo queda negar la cruda realidad o asistir con resignación al principio del colapso. Como han apuntado distintos pensadores y filósofos, nos resulta más creíble aceptar el fin del planeta que el fin del capitalismo.

Aunque esa visión fatalista es, también, falsa, porque -como señalaba Paulo Freire (cuyo centenario celebramos)- del mismo modo que la realidad actual es consecuencia de la acción humana y no de un designio fatal, igualmente la acción humana puede cambiar las cosas. De hecho, es la única que puede hacerlo.

Si no hacemos nada, el resultado solo podrá ser de mayor sufrimiento para la inmensa mayoría de la humanidad (los más ricos ya están urdiendo las formas de escapar de lo peor). Será la violencia generalizada, el “sálvese quien pueda”, el hambre, la enfermedad, la ley del más fuerte, todos contra todos…

No tenemos elección, es preciso despertar y activar la acción humana para transformar el mundo. Otro mundo solo será posible si nos sacudimos la apatía, unimos nuestras fuerzas y trabajamos juntas.

Para empezar, hemos de ponernos a pensar en las respuestas posibles, en las maneras de atender a los problemas y las necesidades que nos planteará el futuro próximo.

Muchas personas y grupos ya están en marcha -es preciso recordarlo, porque los medios masivos no lo hacen-, explorando y poniendo en pie alternativas y respuestas. Aunque es cierto que, a pesar de constituir una poderosa razón para la esperanza y reunir a millones de personas, esas personas no dejan de ser una minoría, y esas iniciativas a menudo parecen fragmentadas, ensimismadas, centradas en sus propias búsquedas particulares.

Todas esas experiencias pioneras apuntan a la necesidad de vivir con menos, a la aceptación inevitable del “decrecimiento” que, en sus 8 pilares, nos señala la urgencia de revaluar, reconceptualizar, reestructurar, relocalizar, redistribuir, reducir, reutilizar y reciclar los recursos existentes y las formas de producir y consumir aquello que necesitamos para la vida.

Pero, además, esas experiencias pioneras -lo mismo que el sentido común- nos demuestran que, sea desde la resistencia a los estertores del sistema y/o la resiliencia para poner en pie las nuevas alternativas, las respuestas al colapso, cualesquiera que sean, han de ser necesariamente colectivas. Solo podemos alcanzar el grado necesario de “buen vivir”, e incluso sobrevivir, si nos agrupamos y cooperamos, si nos organizamos para ello.

Por eso, construir grupos, colectivos, comunidades capaces de pensar y poner en pie las alternativas, es una prioridad estratégica de este tiempo en el que estamos. Porque, tan importante como buscar soluciones a las necesidades y problemas es desarrollar las capacidades y habilidades colectivas para poder implementarlas.

Es fundamental (y no hablo de un futuro más o menos lejano sino de aquí y ahora), promover colectivos y grupos en torno a “lo común”, a los intereses comunes y las necesidades básicas: la alimentación, la agricultura urbana, la salud, la medicina natural, el cuidado de las personas, la recuperación del hábitat natural, el cuidado de la vida animal, la generación de energías limpias y renovables, la recuperación e invención de “tecnologías apropiadas”,  la producción artesanal de bienes de primera necesidad (como el vestido o la vivienda), la educación y el aprendizaje de habilidades para la vida, la recreación y la cultura, etc.

Esos grupos, para ser eficaces, han de ser espacios acogedores donde encontrarse para pensar y hacer juntas, y, muy especialmente, donde cuidarse mutuamente. Porque si no son acogedores y gratificantes no serán. Por tanto, no pueden ser excesivamente grandes, agrupar a muchas personas, lo que les haría poco operativos y manejables. Lo más inteligente es apostar por la fuerza y la multiplicación de lo pequeño.

En consecuencia, hemos de poner en pie pequeños y medianos colectivos (entre 6 y 30 personas, más o menos, que permitan dialogar, escucharse, conocerse e interactuar a todas entre sí) que pongan la vida y el cuidado -mutuo y del entorno común- en el centro de su acción y su organización, y que sean capaces de forjar vínculos de conexión y cooperación con otros colectivos, practicando el intercambio de saberes, el trueque de recursos, la solidaridad y el apoyo mutuo.

Porque la autosuficiencia es un objetivo prácticamente inalcanzable que, en el mejor de los casos, deja descolgadas a las personas y los núcleos más débiles. La interdependencia es otra de las condiciones necesarias para construir el nuevo mundo posible, y eso supone que hemos de apostar por tejer redes cooperativas de colectivos que, en su interacción y apoyo mutuo, conformen comunidades de resiliencia para la vida.

Para constituir esos colectivos y tejer esas redes necesarias es imprescindible que aprendamos a participar, a sentir, pensar, decir y hacer juntas, a escuchar, dialogar y decidir en común, a liderar colectivamente, a organizarnos horizontalmente, a cooperar con otros.

Eso no significa que la experiencia acumulada en cuanto a las distintas formas de organización del pasado, no sea válida. Por el contrario, hay mucho que aprender de ella, sin dejar por ello de reconocer que, más allá de la eficacia que cada fórmula organizativa pudo tener en su momento histórico, en su conjunto es una experiencia fuertemente lastrada por la competitividad y el patriarcado, por el afán de acumular poder, por modelos personalistas y autoritarios de liderazgo, por egos sobredimensionados, etc. Rasgos que, en gran medida, siguen siendo dominantes en este tiempo.

El desaprendizaje de esos modelos organizativos viciados y el desmontaje de esos marcos mentales fuertemente interiorizados no será fácil, exigirá cambios personales para que puedan cambiar las organizaciones, pero es imprescindible si queremos construir algo nuevo.

El reto de organizarnos para resistir es ya urgente, vamos tarde, es preciso disponer de un cierto tiempo para llevar a cabo todos los nuevos aprendizajes que necesitamos para poner en pie un nuevo mundo, empezando por aprender a organizarnos.

No hemos de esperar a la iniciativa de las instituciones políticas, a que los gobiernos nos autoricen o señalen el camino. Ellos están en otras cosas, no tienen conciencia de la gravedad y la urgencia, o la disimulan para no asustar a la población y no poner en riesgo sus votos, su poder aparente, la ficción de control de la realidad que pretenden conservar.

Hay que ponerse a ello, YA. Y hay que hacerlo con quienes quieran ponerse en marcha, sin aguardar la incorporación de nadie, sin esperar a disponer de las condiciones materiales idóneas, con lo que tengamos, compartiendo los recursos disponibles, empezando a practicar el intercambio, la cooperación, la interdependencia con otros grupos desde ahora mismo.

Y hay que hacerlo con el máximo realismo, con plena conciencia de la dificultad del momento, pero al mismo tiempo con la esperanza en lo más alto. Hemos de tomar conciencia de que, más allá de la enorme dificultad del reto que enfrentamos, se trata también de una oportunidad para superar las perversiones e injusticias de este sistema en descomposición, para recrear nuevas formas de vida, las maneras de producir y consumir, las maneras de relacionarnos entre las personas y con la naturaleza.

Así pues, nos toca reinventar el mundo y la vida en común desde valores y actitudes nuevas, desde prácticas personales y colectivas que se basen en la cooperación y el apoyo mutuo, desde la esperanza y la alegría. Disfrutando el camino que hacemos de la mano, codo con codo, acompañándonos y ayudándonos mutuamente. Con plena libertad y sin predeterminar la meta, allá donde la vida nos lleve.

Acerca de Fernando de la Riva

Nací en Madrid en la segunda mitad (por los pelos!) del siglo XX. Estudié Historia Moderna y Contemporánea, aunque toda mi vida profesional la dediqué -ahora estoy jubilado- a la Animación Social y la Consultoría de Organizaciones (sin abandonar nunca el activismo social). Llevo 25 años viviendo en Cádiz.
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