Última ruptura de las nuevas viejas izquierdas

por Fernando de la Riva e Hilario Sáez

Los ataques mutuos y los navajazos traperos vuelan por doquier desde Andalucía. También los análisis sesudos de quienes intentan explicar cómo es posible que, con la crisis sistémica que está cayendo, tengamos que asistir, otra vez, a la última pelea cainita de las izquierdas en España. Decimos “última” no solo por ser la más reciente en el tiempo sino porque, mucho nos tememos, esta ruptura puede ser la puntilla de las posibilidades de las izquierdas por mucho tiempo, y no solo en Andalucía.

En la casi totalidad de los análisis partidarios que se están haciendo, la culpa siempre la tienen “los otros”. Aunque unos y otros coinciden en señalar el 15M de 2011 como un hito “fundacional” de los procesos posteriores en la historia política reciente, y, en particular, de la aparición de Podemos como herramienta política que pretendía capitalizar la indignación popular manifestada en aquel momento.

La mayoría de estos análisis, sin embargo, ignoran un factor que -en nuestra opinión- resulta determinante en la actual crisis y que hace referencia al “cómo”, a la metodología en la construcción de la llamada “nueva izquierda”. Y es que, más allá de los nuevos discursos, los métodos utilizados han sido más bien “viejos”, tanto en lo organizativo como en lo institucional.

Es cierto que la aparición de los “círculos” de Podemos, con su funcionamiento abierto, horizontal y asambleario, recordaba a la experiencia del 15M, aunque también heredaba la dificultad para convertirse en espacios de participación amables y eficaces. Frente a la horizontalidad y la informalidad organizativa del 15M, se impusieron las tendencias verticales y formalistas, las visiones vanguardistas, las ambiciones personales y grupales de poder, la obsesión por el control frente al peligro del espontaneismo participativo y el caos organizativo. Por otra parte, el calendario electoral aceleró vertiginosamente los tiempos e impuso una estructura de “máquina de guerra”, preparada para tomar el cielo por asalto al grito de “¡Es ahora!”.

Podría haberse optado por formar a las activistas y simpatizantes en la participación y la cooperación, en la construcción colectiva, en la comunicación horizontal, en la gestión participativa y democrática de asambleas y grupos de trabajo, pero se optó por la aparición de cúpulas y vanguardias que controlasen y dirigieran el funcionamiento de la organización emergente.

En cualquier caso, la ilusión asamblearia del Podemos inicial duró poco y pronto los “núcleos irradiadores” y las fuerzas internas más organizadas, se apresuraron a controlar las asambleas y a acallar, a golpe de mayorías y de oratoria vibrante, a las voces disonantes. 

Al mismo tiempo, se produjeron formas de liderazgo personalistas y un cierto culto a la personalidad del líder, inicialmente en nombre de la eficacia comunicativa y electoral, pero que quedaron bien instaladas en la organización a nivel central y se reprodujeron después en los territorios.

La verticalización de la organización, en toda España, supuso la práctica desaparición de la vida de los círculos y la asimilación, con otras nomenclaturas, al modelo organizativo de las izquierdas tradicionales. Junto con ello, y coincidiendo con las penúltimas elecciones locales, aparecieron distintas “líneas rojas” que dificultaban la formación de espacios de colaboración y confluencia con otras fuerzas o la inclusión de quienes se resistían a encuadrarse en nuevas-viejas estructuras partidarias.

Ello en nombre de preservar la pureza y autenticidad de los postulados propios y de negarse a colaborar con el PSOE, por sus políticas antipopulares y por su corrupción, y con IU, por su anterior complicidad con el PSOE. Aunque no fue obstáculo para que, llegado el momento, se negociara con IU para constituir gobiernos locales y con el PSOE para lograr su voto o abstención para los mismos. Por ejemplo, en el ayuntamiento de Cádiz.

En la mayor parte de los casos y con algunas pocas excepciones, los gobiernos locales de Podemos no han funcionado de manera muy distinta a como se hacía anteriormente: concentración de las decisiones en un núcleo reducido, compartimentación de competencias y falta de trabajo en equipo, preocupación por la imagen y la proyección en los medios, falta de participación ciudadana, huida de la confrontación con los poderes locales tradicionales, obsesiones electoralistas… El discurso cambiaba, pero en pocas ocasiones lo hacían las formas de la gobernanza.

Tampoco han existido métodos nuevos en la gestión de los conflictos internos. Ante las discrepancias, lejos de primar el diálogo y el consenso, han prevalecido las luchas de poder y los juegos de mayorías con el consiguiente sometimiento o la laminación de los contrarios. En la construcción de Podemos, posteriormente de Unidas Podemos, y de Adelante Andalucía más tarde, aunque el discurso haya sido el de la diversidad, la horizontalidad, la participación y la construcción colectiva, la práctica ha sido de un reparto de poder entre cúpulas, luchas internas por la hegemonía y el control organizativo: nueva vieja izquierda.

Todo ello responde a una viejísima “cultura del poder” en la que éste se conquista, se acumula y se defiende de los adversarios internos y externos con uñas y dientes, frente a otra concepción que lo concibe como algo que se construye colectivamente y se comparte para hacerlo crecer.

En esta última ruptura no hay buenos y malos, todas somos responsables, aunque sea en distinta medida. Lo son, por supuesto, los actores y actrices principales de esta nueva escisión y de las inmediatamente anteriores, se llamen Teresa, Pablo, Iñigo, Irene, o como sea. Han fracasado en su misión primera, que era sumar. Deberían reconocerlo y echarse a un lado.

Lo son, también, los partidos y organizaciones de la vieja izquierda, cuya cultura del poder no es distinta, y que se agarran como lapas a sus viejas tradiciones organizativas y a sus viejos lenguajes desbordados por la realidad. Tampoco han sido capaces de construir la unidad.

También lo somos quienes en algún momento depositamos nuestras ilusiones en la posibilidad de construir una herramienta política que permitiera los cambios sistémicos necesarios para afrontar la crisis civilizatoria que se nos avecina. Muchas personas de los movimientos sociales, la sociedad civil y la ciudadanía en general, que nos implicamos en construir Podemos y sus confluencias, tenemos la responsabilidad de no haber sabido hacerlo mejor y la obligación de reflexionar sobre las razones que nos han llevado desde el estallido de conciencia colectiva del 15M al actual momento de desilusión cívica y antropofagia interna que nos hace incapaces de plantear la transición de un sistema que se derrumba sobre nuestras cabezas.

Las víctimas son, como siempre, las personas y los sectores más vulnerables, quienes sufrirán en primer lugar el impacto de la crisis civilizatoria y socio-climática que no ha hecho más que empezar, junto a las gentes de a pie que creyeron en las renovadas promesas de unidad y vivirán ahora un nuevo desencanto con la política y con la izquierda.

Para quienes ya vivimos el desencanto de haber perdido una Transición, la tentación es no pedir peras a los olmos, ni valores y comportamientos participativos a quienes se han forjado en las dinámicas internas de poder de las viejas organizaciones políticas y esperar a un nuevo cambio generacional en los liderazgos para que pueda darse el cambio en las organizaciones.

Pero somos conscientes de que el momento es muy diferente y de que estamos solo al principio de una etapa de aceleración histórica de grandes crisis y conflictos similar a la que se inició con los “locos” años 20 del siglo pasado.

Por eso, aunque sea testimonialmente, queremos protestar por este clima sectario y miope, y vemos necesario auto-convocarnos a un tiempo y espacio de memoria, reflexión y debate sobre el proceso social y político que se inició con el 15M, del que en 2021 se cumplen 10 años, para recoger los aprendizajes que se derivan de esta década y tratar de sembrarlos para el futuro. De ello daremos cuenta pronto y esperamos que muchas os suméis a un proceso que desde sus inicios quiere ser abierto, horizontal y autogestionado.

Las nuevas izquierdas del futuro, cuando se cierren las heridas de esta última y dolorosa ruptura, habrán de ser participativas, democráticas, plurales y diversas, cooperativas y comunitarias, atentas al cuidado de las personas, en construcción y formación permanente, basadas en el liderazgo compartido y colectivo… o no serán.

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Una respuesta a Última ruptura de las nuevas viejas izquierdas

  1. Alejandra dijo:

    Estoy de acuerdo con este análisis. Yo también me siento desolada ante esta situación, especialmente en Andalucía y en Madrid. Me entristece el panorama de la izquierda ante futuras citas electorales, será el desastre y mientras tanto el fascismo, ya en las instituciones, campando a sus anchas. Lo de Andalucía es absolutamente sangrante.
    Y sin embargo no parece que sea posible llegar a tocar poder para transformar algo sin aliarse con fuerzas políticas (en este caso el PSOE) con quienes no compartimos nada porque su enfoque político es el neoliberalismo y el capitalismo como ideología y sistema económico. Intentar otro discurso es “utópico” que en su lenguaje quiere decir imposible. Esa dicotomía no sabemos resolverla de otra manera distinta a como se ha resuelto con las prácticas de partido y con el resultado del gobierno de coalición.
    Construir ciudadanía, escuchar a todo el mundo, intentar no caer en luchas de poder cainitas … Yo no sabría crear una estructura de funcionamiento de acuerdo con estas premisas, no sé como podría articularse.

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